La idea, la idea… la santa y bendita gran idea, la que te hará rico, no vale nada.
Esto es algo que se repite como un mantra en el mundo de las startups. Supongo que inversores y emprendedores, después de innumerables fiascos monumentales, llegarón a una conclusión:
Las ideas las tiene cualquiera, ejecutarlas es lo complicado.
Este tipo de conclusiones tan asiáticas/zen, que expresan una gran verdad en pocas palabras, son sin lugar a dudas un fuerte indicador de lo que los americanos llaman «bullshit». Me explico.
Existe en el mundo empresarial una tendencia absurda, ridícula, infantil, despreciable y estúpida a reducir todos los problemas al control de una, y solo una, variable. Supongo que se debe a que mucha gente que ha estudiado economía clásica aprendió el principio «caeteribus paribus» que viene a significar: siendo todo lo demás igual.
Este principio se aplican en economía en el estudio de situaciones complejas en las que intervienen muchas variables. La idea consiste en congelar todas la variables del sistema menos una, la variable de control. Entonces se comienza a juguetear con ella para ver como reacciona el sistema ante distintos cambios. Quien haya jugado en Excel con escenarios me comprenderá.
Por ejemplo, en economía se suelen congelar todas las variables y se trastea con el índice de paro para ver como evolucionará la cosa. O con el IPC o el PIB.

Este método se aplica porque no disponemos de herramientas que nos permitan controlar un número indefinido de variables, y porque nuestro cerebro no funciona bien cuando tratamos de movernos en campos vectoriales con más de 3 o 4 dimensiones (aunque esto no parece suponer un problema para los matemáticos). Y claro, a los economistas les encantan las gráficas y es complicado exponer algo si no puedes graficarlo.
Ahora bien, una cosa es aplicar el caeteribus paribus y otra bien distinta es pensar que esa variable «libre» es especial.
¿Es fácil de entender verdad? Pues parece ser que a los reduccionistas que hay por ahí sueltos esto les suena a chino. Todos esos asesores, consultores, consejores, inversores y emprendedores, que se afanan en buscar la variable secreta que hará que todo funcione parecen ignorar conscientemente un hecho tan simple.
¿caeteribus paribus en el mundo de la empresa? ¿Es que acaso todas las startups tiene el mismo acceso a la financiación, los empleados, las relaciones públicas, … como para que el único elemento diferenciador sea lo duro que trabaje el emprendedor?
A esta gente los llamo los «única-variable» porque piensan que todo puede reducirse a trabajar en esa variable misteriosa o secreta. Durante la historia humana esta variable ha ido cambiando. Ahora parece ser la innovación a ámbito estatal, y en el ámbito de las startups la ejecución.
Las startups que triunfan, las que realmente triunfan a lo grande, lo hace debido a alguna propiedad emergente.
Una propiedad emergente es aquella que surge de la interacción de muchas variables. O explicado de una forma culinaria, una propiedad emergente es el sabor de una paella como combinación de miles de factores (o de una tortilla de patatas, que siendo mucho más simple, puede acabar teniendo gran cantidad de sabores).
Simple ¿verdad? Todo el mundo entiende algo tan sencillo y sin embargo cuando saltamos a la arena empresarial (en la cual en número de factores no controlados se dispara exponencialmente) creemos que todo se reduce a una variable.
Todo se reduce a la destreza del cocinero. Y no a los materiales empleados en la sarten, o a si se usa una vitrocerámica o gas, o si se han comprado los alimentos de mejor calidad, o a la humedad en el ambiente, o a…. la idea inicial del plato.
El famoso Bulli no era solo Ferrán Adriá. El emplazamiento, la prensa, los años de experiencia, la decisión de aceptar pocos comensales… y a pesar de todo ello perdían 1 millón de euros al año.
Por esta razón, nadie sabrá si un plato tendrá un sabor adecuado hasta que se termine de cocinar. Por esta misma razón, nadie sabía que invertir en Google o Facebook o Apple o Microsoft era mejor idea que invertir en Coca-Cola, Disney, o General Motors, porque eran platos en preparación mientras que las empresas establecidas nos han dado a probar su sabor cientos de veces.
La física nos enseña que las propiedades emergentes no se pueden predecir.
Si quieres descubrirlas debes dejar desarrollarse al sistema. Puede que en entornos controlados, como una cocina o un laboratorio químico, se pueda llegar a acumular experiencia suficiente sobre unas condiciones dadas para repetir una propiedad emergente indefinidamente. Si no fuese así no existirían los restaurantes o los laboratorios químicos… o incluso la vida.
Pero hablamos de entornos controlados, donde cada variable es meticulosamente establecida, conocida y controlada. Exactamente lo contrario a lo que encontramos en una startup.
Centrarse en la idea, la ejecución, la experiencia de los fundadores… nada de eso nos dirá realmente que sucederá, solo apostar casi a ciegas y dejar que la empresa se desarrollo responderá a nuestra pregunta. Por eso las startups son riesgo en estado puro, y por eso los inversores tradicionales no deberían invertir en ellas.
Si la bolsa parece una locura, jamás ninguno de sus movimientos hacia arriba o abajo llegará a parecerse a los que acontecen en una startup. Nunca se verán en la bolsa ganancias del 1000% o caidas de valor al 0%.